Transpirenaica en bici

Le debíamos una crónica a este viaje que realizamos en Septiembre de 2012. Para mí, ha sido uno de los viajes en bicicleta más bonitos y amables, no solo por el viaje en si, sino también por todos los preparativos previos: por los días de entreno, los viajes en fin de semana para ir endureciendo las piernas (y el culo) y por todas las horas delante del ordenador mirando mapas, tracks, leyendo foros y planificando. Es ahí, en esencia, donde comienza nuestro viaje. La Transpirenaica iba a ser mi primera gran ruta. Partía de la experiencia de unos pocos viajes de fin de semana, algunas rutas por campo y mucho ida y vuelta por el carril bici de Alcobendas a Tres Cantos o hasta Colmenar Viejo (los días más osados).

El itinerario elegido iba de mar a mar. Desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico, atravesando el pirineo por su vertiente sur, buscando para ello carreteras sin apenas tráfico y pistas en buen estado.  Viajar en bici da una libertad que no siempre es posible en otro tipo de viajes. Nos gusta cargar con la tienda y el saco de dormir para poder elegir el lugar donde queremos quedarnos. También llevamos el hornillo, algunos sobres de comida para la cena y té para el desayuno. En este viaje, la mayoría de los días dormimos en camping y algún día nos dimos el lujo de dormir en un alojamiento con cama de verdad. Acabar la etapa disfrutando de una cerveza fría era nuestro premio de cada día, nos la habíamos ganado y era el momento de recordar las anécdotas, anotar los kilómetros recorridos y ver lo que nos esperaba para el día siguiente.

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Reunimos 18 días de vacaciones con la esperanza de que fueran suficientes para realizar nuestro recorrido a ritmo de disfrutar. Al final solo necesitamos 15 días reales de pedaleo. A mitad del viaje, aprovechando que podíamos utilizar la casa de unos amigos en Jaca, pasamos allí un día entero de descanso poniendo a punto las bicis. Otros dos días, apenas hicimos unos pocos kilómetros por distintos motivos: en una ocasión fue por lluvia y en otra, porque pasamos por la puerta de un camping con una piscina realmente apetecible en un día de mucho calor. El último día del viaje lo dedicamos a conocer Irún y San Sebastián.

Muchos de los cicloviajeros habrán experimentado las dificultades que tenemos en España para viajar con las bicis en transporte público, especialmente el tren. En nuestra corta experiencia en viajes largos dentro de España, elegimos si es posible el autobús y preferentemente de Alsa. Nos desplazamos en bici hasta la estación de autobuses y allí desmontamos la rueda delantera, bajamos un poquito el sillín, giramos el manillar, quitamos algún que otro accesorio o cosa que sobresalga de la bici y la enrollamos con papel film transparente. De esa forma la bici queda empaquetada y al llegar al destino no tienes que cargar con ninguna bolsa de embalar ni nada parecido durante toda la ruta. La primera vez nos llevó un tiempo, pero con la práctica, hemos ido cogiendo bastante soltura.

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Viajamos de Madrid a Barcelona en un autobús que hacía el trayecto durante la noche, tratando de dar alguna cabezada en el camino. Llegamos a Barcelona y mientras desenvolvíamos las bicis y colocábamos las alforjas, iba amaneciendo. Pedaleamos hasta la estación de tren y allí cogimos el primer cercanías que nos llevó hasta Llançá, donde comenzaba nuestra primera etapa.

Si hay algún fenómeno meteorológico que se lleve mal con la bici, ese es el viento. Y viento era lo que soplaba con ganas cuando llegamos. Fue un poco frustrante, estábamos deseosos de comenzar y ni si quiera se nos había ocurrido pensar que algo iba a estar en nuestra contra. Llegamos a plantearnos el coger un tren y avanzar un tramo de la etapa, pero finalmente decidimos ponernos a pedalear con la idea de hacer una etapa corta… Y así fue como en nuestro primer día, sin haber dormido apenas, nos metimos 80 kilómetros con el viento en contra. Si habíamos conseguido ganarle al viento, lo demás iba a estar “chupao”.

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Recuerdo uno de los primeros puertos largos en el pirineo Catalán. Sergio me dijo que me lo tomara con calma, pues eran los primeros días, me iría poniendo fuerte y al final del viaje subiría los puertos casi sin sudar. Me lo tomé con toda  la calma que dan el plato pequeño, piñón grande  y empecé a pensar: si el puerto tiene 20 kilómetros y voy a 5km/h… ¡Me va a llevar 4 horas llegar arriba, sufriendo y echando el corazón por la boca! Ya no recuerdo el tiempo que tardé en subir, pero si que me di cuenta de lo importante que es tener la cabeza ocupada en el estribillo de una canción que se repite hasta el infinito, en contar hasta perder la cuenta, en pensar cualquier tipo de cosa absurda, menos en parar y abandonar.

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En este primer viaje largo, yo todavía tenía una bici para todo. Era mi bici de montaña y mi bici para viajar. Aprendí a fuego que la posición de la bici de montaña no es la más cómoda para rutas largas. Ayuda en las subidas y la bici es más maniobrable, pero me dejaba el cuello de madera. También aprendí, que cuando en la ruta predomina el porcentaje de caminos por asfalto, las ruedas gordas y con tacos no son las más adecuadas. Un buen sillín ayuda a aliviar el dolor de culo. Afortunadamente en eso si fui previsora. Pero un buen sillín, no quita que haya días que al acabar tengas trasero como un mandril o que al día siguiente, al empezar a pedalear, no te puedas ni sentar.

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Otra cosa que echamos en falta y aprendimos para nuestros siguientes viajes, fue a llevar impresos los desniveles, así como el listado de pueblos por los que teníamos previsto pasar y si cuentan con camping o algún tipo de servicio. Tuvimos que ir calculando a ojo y sobre la marcha los desniveles, con ayuda de los mapas y el GPS, para saber cuánto quedaba de subida y cuándo tocaba bajar. En aquel año, todavía teníamos móviles muy básicos, sin Internet y sin Whatssap. Ahora somos algo más tecnológicos, pero nos gusta seguir llevando el mapa en papel (y el track en el móvil, en el Garmin, las baterías externas…). Se puede seguir siendo un clásico, pero sin renunciar al progreso.

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A lo largo de los días de ruta, íbamos acumulamos un montón de anécdotas. En un tramo que coincidíamos con la Transpirenaica clásica, nos encontramos a unos chicos que iban haciendo la ruta en BTT con unas súper bicicletas y casi se caen de espaldas cuando cogieron en broma la bici de Sergio a pulso, para calcular lo que pesaba el hierro macizo y las alforjas llenas (al final del viaje, nos encontraríamos a uno de ellos paseando por San Sebastián y no ocultó su sorpresa: “¡pero si habéis llegado!”). También recuerdo esa atracción que yo ejercía sobre los tábanos y me hicieron acumular más de 20 picotazos en la espalda y el culo. O aquel día subiendo el puerto de Cotefablo, cuando Sergio adelantó a unos ciclistas en bici de carretera, que ese día volvieron a casa pensando que más que el peso de la bici, deberían revisar el peso de sus barrigas.

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Al llegar a Nerín acabamos por casualidad en un hotel de cuatro estrellas.  Nuestro itinerario pretendía subir por los miradores de Ordesa, pero al poco de comenzar la subida se puso a diluviar, por lo que ya empapados, decidimos volver a bajar a Nerín. El albergue se encontraba completo y solo nos quedaba la opción del hotel. Así que intentamos amortizar los 70€ de la habitación disfrutando todo lo que pudimos de una cama grande, una cena copiosa y dándole caña al secador para que las zapatillas estuvieran secas al día siguiente. No nos volvió a llover en todo el viaje hasta llegar a Irati, donde también pasamos algo de fresco. Bajando el puerto para entrar en el Parque de Irati, Sergio casi pierde los dedos por congelación ya que en aquella época no le gustaba usar guantes en la bici y no quisieron aparecer cuando se puso a buscarlos con urgencia dentro de la alforja.

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Nos acercábamos al final de nuestro viaje. Estábamos cruzando Navarra por el puerto de Izpegi. En ese momento, me acordé de lo que me dijo Sergio los primeros días: “tómatelo con calma que ya te irás poniendo fuerte poco a poco” y pensé que mi velocidad media subiendo puertos y el esfuerzo empleado, no había mejorado: seguía subiendo como las tortugas y jadeando como un perro. Pero en ese último gran puerto empecé a pensar, que lejos de encontrarme mejor, me estaba costando mucho más. Tanto más, que llegado a un punto tuve que bajarme de la bici y empujar un rato. ¿Cómo es posible, si se me han puesto unas piernas como el acero de los barcos?. Desmoralizada, llegué arriba como buenamente pude y después nos enteramos por los paisanos de la zona, de la dureza de ese puerto por el porcentaje de sus rampas. No se si era motivo suficiente, pero en ese momento me dejó algo más tranquila.

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Acabamos el viaje en Irún un día antes de lo previsto, por lo que dedicamos el tiempo que nos quedaba para descansar y acercarnos a conocer San Sebastián. Años después, creemos que el haber llegado pedaleando hasta una ciudad tan bonita como San Sebastián hubiera sido un buen punto y final para este viaje. Así lo recomendamos para los futuros cicloviajeros.

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